lunes, 12 de febrero de 2007

Caridades íntimas


Una mañana de niebla, en que salí de casa (…), me produjo el espectáculo de la niebla matutina (…) un efecto singular, y como nunca antes me lo había producido, merced, sin duda, al estado en que acertara a encontrarse entonces mi alma. Y fue que al ver los arbolillos que bordan la carretera que pasa junto a mi morada de entonces, y verlos sumergidos en la niebla, así como los objetos todos de mi alrededor, y veladas por ella las lontananzas, pareciome como si a aquellos arbolillos se les hubiesen rezumado o extravasado las entrañas, y que ellos no eran más que corteza, continentes de árboles sumergidos en sus propias entrañas, algo así como hollejos de uva dentro del mosto. Y que las entrañas éstas de los arbolillos y de las cosas todas se habían fundido unas en otras, dejando a sus cuerpos como armaduras de un guerrero que ha muerto y se ha hecho polvo. Y recuerdo que, a partir de semejante imaginación, continué mi camino, (…) pensando en un remoto reino del espíritu en que se nos vacíe a todos el contenido espiritual, se nos rezumen los sentimientos, anhelos y afectos más íntimos, y los más recónditos pensares, y todos ellos, los de unos y los de otros, cuajen en una común niebla espiritual, en el alma común, dentro de la que floten las cortezas e nuestras almas, estas cortezas que son hoy casi lo único que de ellas ofrecemos a nuestros prójimos, y casi lo único que recibimos de éstos.
(…)
Cuando alguien me da sus ideas, es decir, lo que se dice sus ideas, como se dice su dinero, aunque éste haya corrido antes por miles de manos y venga sucio y gastado de todas ellas; cuando alguien me da ideas, las tomo y me las guardo hasta que tenga ocasión de gastarlas, dándolas a mi vez; pero cuando alguien me da con sus ideas algo de su espíritu, cuando en el además, en el aire, en la puridad que emplee al dármelas o al recibirlas yo en mi mente, en el calor que me infunden, noto que vienen impregnadas de su alma, entonces hago como los pordioseros que reciben un mendrugo o una moneda de limosna, y es que la besa, y la beso con el corazón, antes de echármela al zurrón del espíritu. Y de estas limosnas espirituales, de estas caridades íntimas, ¡cuán pocas se reciben en el trato corriente de nuestra sociedad, en que se habla por no callar, y en que se cambian palabras como se cambia fichas de juego!

Miguel de Unamuno, A lo que salga


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