
A esas gentes que dicen tener sentido de la realidad no les interesa más que la noticias, lo que se llama la información. (…) Nada encuentro en los diarios todos más insustancial que la sección telegráfica. Eso de querer tener noticias, de ordinario sin trascendencia alguna, lo antes posible, me parece una puerilidad. (…)
Pero las corrientes van por otro lado. Para uno que lea un libro con el fin de saber, gozar y aprovechar lo que diga, hay veinte que no leen más que para decir que han leído y poder salir con lucimiento haciendo citas de él. (…)
[Cuando] salgo o me voy a mi tierra o a ese hermoso y triste Portugal. (…) a lo mejor se me presenta un viajero que quiere conocerme y este viajero es v. gr. argentino y quiere hablarme de esa tierra y darme noticias de ella. Y una de dos, o el hombre me interesa o no me interesa nada. Si no me interesa nada el viajero tampoco me interesa lo que pueda contarme, y si el hombre me interesa, es él, él mismo, y no cuanto pueda decirme lo que de veras me interesa. Se empeña en informarme de una porción de cosas pertinentes a su país, de su política, de su literatura, de su desarrollo económico, de su cultura; y yo me empeño en llegarle al alma, en saber si se resigna de buen grado a la vida, en averiguar qué hombre es -“hombre”, entiéndase bien- en sentir las palpitaciones de su alma. Me importa mucho más si cree o no en la inmortalidad del alma que todo cuanto pueda contarme. Y uno a quien le vais con tales cosas se os queda mirando sorprendido y acaso en su interior se dice: este hombre no está bueno.
Hay, o por lo menos debe haber en cada uno de nosotros dos hombres, el temporal y el eterno, el que se preocupa con los cuidados del día y el que se preocupa con las preocupaciones de siempre, el que se dice “¿qué comeré o cómo me divertiré mañana?” y el que se dice: “¿qué será de nosotros después de la muerte?” Hay casos en que el sujeto interior arrastra y sojuzga al exterior y entonces el hombre o se retira a un claustro o vive en una mal encubierta desesperación resignada, en incesante lucha con el misterio, y hay casos en que el hombre exterior y temporal arrastra y ahora al interior y eterno y entonces tenemos al hombre de mundo, el que se jacta de práctico y de poseer sentido de la realidad.
Miguel de Unamuno, Desahogo lírico

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