
En la ciudad, la lluvia es repugnante, porque es una injustificada invasión del cosmos, de la naturaleza primigenia en un recinto como el urbano, hecho precisamente para alejar lo cósmico y primario, fabricando un pequeño orbe extranatural. Lo que más nos sorprende del salvaje es que pueda, sin asco, vivir adherido a la naturaleza, tumbado en el lodo, en contacto con la sierpe y el sapo. Debió llegar un tiempo de nauseas geniales que tabuizó la mitad del cosmos, tachándolo de repugnante. Y es curioso que este asco sublime actuó principalmente sobre lo húmedo. (…)
La ciudad es un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos, tomando sólo de él porciones selectas, pulidas y acotadas. Pero… llueve y el agua tiene un poder mágico de unir las cosas. La piel húmeda siente más el contacto de los objetos –por eso los mandarines, voluptuosamente, humedecen los dedos para gozarse en palpar las bolas de jade. Al salir de casa, el chubasco repugnante nos vuelve a pegar al paisaje, y un vago estremecimiento, residuo tal vez de experiencias milenarias, nos recuerda la vida en los pantanos, la hora torva y sucia de la amistad con la sierpe y el sapo.
José Ortega y Gasset, Notas del vago estio

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