lunes, 12 de febrero de 2007

El esperado



No conocerán nuestros jóvenes al Príncipe de juventud en torno al cual se unan para el asalto de la fortaleza que guarda el misterio de mañana, del eterno mañana, mientras no sepan desearlo, mientras no sepan quererlo. El Enviado vino, pero vino al pueblo de Raquel, de aquella Raquel que decía a Jacob, su hombre: “Dame hijos, o si no me muero” (Génesis, XXX, 1); y se los dio. (…) También vendrá (…) el que nos haga falta, el genio esperado, pero es siempre que los jóvenes lo ansíen, y que, al abrir los ojos a la luz, se diga cada uno de ellos: “¿Seré yo el esperado? ¿Seré yo el que esperamos todos, el que yo espero?” Y si sintiera en sí la comezón de las alas, el empuje de las alturas; si se sintiera crecer y henchirse de ambición sagrada, entonces se llenará, no de soberbia, sino de sumisión perfecta, y, viéndose servidor de todos, esperará que se haga en él (…) según la esperanza de su juventud, según la esperanza de todos. “Tiene que venir, ¿por qué no he de ser yo?” Sólo el que sienta esto de veras, el que lo sienta y no lo piense, y el que de veras y no por ficción lo sienta, sólo el que sienta eso de veras es joven por juventud inmarchitable.
No mires, joven, tu reflejo en los demás; mira sus reflejos en ti mismo. No te busques desparramado en los otros antes de haber buscado a los demás coyuntados en ti. Si los unes en tu espíritu, sabrás luego unirlos en la vida.

Miguel de Unamuno, Almas de jóvenes, Mayo de 1904.


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